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¡Oh, si rompieras los cielos y descendieras, y ante tu presencia se escurriesen los montes,
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como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras conocido tu nombre a tus enemigos, y las naciones temblasen ante tu presencia!
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Cuando, haciendo cosas terribles cuales nunca esperábamos, descendiste, fluyeron los montes delante de ti.
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Ni nunca oyeron los hombres, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a otro Dios fuera de ti, que hiciese por el que en él espera.
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Saliste al encuentro del que con alegría hacía justicia, de los que se acordaban de ti en tus caminos; he aquí, tú te enojaste porque pecamos; en esos caminos hemos permanecido largo tiempo; ¿seremos salvos?
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| 6 |
Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.
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| 7 |
Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades.
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| 8 |
Ahora pues, Yahvé, tú eres nuestro Padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros.
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| 9 |
No te aires sobremanera, Yahvé, ni tengas perpetua memoria de la iniquidad; mira, te rogamos, pueblo tuyo somos todos nosotros.
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| 10 |
Tus santas ciudades están desiertas, Sión es un desierto, Jerusalén una soledad.
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| 11 |
La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria, en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida por el fuego; y todas nuestras cosas preciosas han sido destruidas.
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| 12 |
¿Te estarás quieto, oh Yahvé, sobre estas cosas? ¿Callarás y nos afligirás sobremanera?
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