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Ahora bien, yo mismo, Pablo, os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo, yo que en vuestra presencia soy humilde entre vosotros, pero estando ausente soy audaz para con vosotros.
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Sí, os ruego que, cuando esté presente, no tenga que mostrarme audaz con la confianza con que pretendo actuar contra algunos que consideran que andamos según la carne.
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Porque aunque andamos en la carne, no militamos según la carne;
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porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas,
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derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,
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y estando dispuestos a castigar toda desobediencia, una vez que vuestra obediencia sea completa.
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¿Acaso miráis las cosas según las apariencias? Si alguno está persuadido en sí mismo de que es de Cristo, considere esto de nuevo por sí mismo: que así como él es de Cristo, también nosotros somos de Cristo.
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Pues aunque me jacte un poco más de nuestra autoridad, la cual el Señor nos dio para edificación vuestra y no para vuestra destrucción, no me avergonzaré,
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para que no parezca que quiero aterrorizaros con mis cartas.
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Porque, «Sus cartas», dicen, «son duras y fuertes, pero su presencia corporal es débil, y su palabra menospreciable».
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Que tal persona tenga en cuenta esto: que lo que somos de palabra por cartas estando ausentes, lo seremos también en hechos estando presentes.
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Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos de los que se recomiendan a sí mismos. Pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento.
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Pero nosotros no nos jactaremos desmedidamente, sino conforme a la medida de la regla que Dios nos ha dado, medida que llega también hasta vosotros.
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Porque no nos extralimitamos, como si no llegáramos hasta vosotros, pues fuimos los primeros en llegar hasta vosotros con el evangelio de Cristo.
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No nos jactamos desmedidamente en los trabajos de otros, sino que tenemos la esperanza de que, conforme crezca vuestra fe, seremos engrandecidos abundantemente entre vosotros, dentro de nuestra esfera de acción,
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para predicar el evangelio en los lugares más allá de vosotros, sin jactarnos de lo que ya se ha hecho en la esfera de otro.
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Pero «el que se gloría, gloríese en el Señor».
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Porque no es aprobado el que se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien el Señor recomienda.
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