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Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.
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Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial,
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pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos.
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Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia, porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.
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Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu.
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Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor,
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porque por fe andamos, no por vista.
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Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.
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Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables.
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Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.
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Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres, pero a Dios le es manifiesto lo que somos, y espero que también lo sea a vuestras conciencias.
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No nos recomendamos, pues, otra vez a vosotros, sino os damos ocasión de gloriaros por nosotros, para que tengáis con qué responder a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón.
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Porque si estamos locos, es para Dios, y si somos cuerdos, es para vosotros.
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Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron,
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y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
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De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne, y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.
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De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas.
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Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación,
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que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.
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Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros, os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.
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| 21 |
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
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